Cinco de Kafka


La verdad sobre Sancho Panza

Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de don Quijote, que este se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie. Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.


La Partida

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba.Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
-¿Adónde va el patrón?
-No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó.
-Sí -repliqué-te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta.


El puente

Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente. En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos, aferradas en el cieno quebradizo clavé los dientes, afirmándome. Los faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados.
En la profundidad rumoreaba el helado arroyo de las truchas. Ningún turista se animaba hasta esas alturas intransitables, el puente no figuraba aún en ningún mapa. Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente que se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.
Fue una vez hacia el atardecer -no sé si el primero y el milésimo-, mis pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo; hacia ese atardecer de verano; cuando el arroyo murmuraba oscuramente, escuché el paso de un hombre. A mí, a mí. Estírate puente, ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te ha sido confiado. Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso; si se tambalea, date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo en tierra firme.
Llegó y me golpeteó con la punta metálica de su bastón, luego alzó con ella los faldones de mi casaca y los acomodó sobre mí. La punta del bastón hurgó entre mis cabellos enmarañados y la mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos salvajes a su alrededor. Fue entonces -yo soñaba tras él sobre montañas y valles- que saltó, cayendo con ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un salvaje dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Un niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos? ¿Un suicida? ¿Un tentador? ¿Un destructor? Me volví para poder verlo. ¡El puente se da vuelta! No había terminado de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba y ya estaba desgarrado y ensartado en los puntiagudos guijarros que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.

Buitres

Erase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?
-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?
– No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.
 
Prometeo

Hay cuatro leyendas referidas a Prometeo.
Según la primera, fue encadenado al Cáucaso por haber revelado a los hombres los secretos divinos, y los dioses mandaron águilas para devorar su hígado, que se renovaba eternamente.
Según la segunda, Prometeo, espoleado por el dolor de los picos desgarradores, se fue hundiendo en la roca hasta hacerse uno con ella.
Según la tercera, la traición fue olvidada en el curso de los siglos. Los dioses la olvidaron, las águilas la olvidaron, él mismo la olvidó.
Según la cuarta, se cansaron de esa historia insensata. Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró de cansancio.
Quedó el inexplicable peñasco.
La leyenda quiere explicar lo que no tiene explicación.
Como nacida de una verdad, tiene que volver a lo inexplicable.



Autor desconocido


Microrrelatos de Ana María Caillet Bois

Juan Yanes

1.-

Miedos
Escondidos en la sombra, los miedos se deshacen en el tiempo. El filo del metal inexorablemente los reflota en el espacio.

2.-

Tía Mecha

¿La nieve viaja en un pájaro?, se preguntó indignada la tía Mecha cuando una fuerte nevada se desató justo en el instante en que ella estaba en la plaza. Salió corriendo para proteger su rizada y negra cabellera( que era su orgullo ) de tan inesperado inconveniente. Más fuerte corría la tía Mecha, más los copos se ensañaban con sus rizos. A las pocas cuadras su cabeza se había convertido en un ciclón.
Insospechadamente, desde ese día  la tía Mecha no fue vista en ningún lugar del pueblo.
La tan ansiada libertad se apoderó de ella.

3.-

La trenza

Cuando sonó la campana, todos formamos una fila para entrar al aula. Llevo escondida en mi portafolios mi muñeca de goma y a la noche cuando me acuesto charlamos. Delante de mí se sienta una niña que no conozco. Se llama Etelvina y tiene una trenza tan larga y tan gruesa que llama mi atención.
Estoy aburrida, veo la trenza de Etelvina y juego que es una hamaca, una hamaca que vuela tan alto, tan alto que casi, casi me resbalo. Desde ahí veo a  mis compañeros chiquitos y yo crezco hasta tocar el techo, me convierto en un mosquito y paseo por todos los pupitres.
Una goma de borrar se rompe, no importa, total sigue borrando. Viajo en la trenza de Etelvina y el sonido de la campana me alerta.
¿Cómo, ya hay que volver a casa?
Me gusta cuando la campana me habla con su voz gruñona.

4.-

Había caminado incansablemente  y estaba siempre en el mismo lugar,sus pisadas dejaron huella,sin embargo sus zapatos estaban llenos de tierra, sus pies se hundían cada vez más.De pronto, encontró una puerta, giró la llave y quedó en medio de la nada.

5.-

Adrenalina

Adrenalina pura, su sangre deliraba, su corazón latía  y  cuando estaba por estallar de angustia ¡El paracaídas se abrió!

6.-

Eusebio

Al atardecer el ataúd se elevó  y quedó suspendido en el aire, los dolientes mudos, blancos como cadáveres. La más anciana y señora del difunto levantó su dedo índice hacia el cajón y dijo de manera cortante.
“Eusebio, ya no soportaré una sola broma más”.
Lentamente el ataúd se apoyó en el suelo sin hacer ningún ruido.

7.-

La hora

Toda las mañanas se lo veía pasear por Recoleta más precisamente por el cementerio.
Visita los panteones caté. Los mas lujosos, en algunos reza, en otros deja alguna lágrima y parte hacia la oficina donde trabaja, a pocas cuadras de allí.
Al atardecer, siempre a la misma hora se escucha chirriar la puerta del panteón número tres.

***

Ana María Caillet Bois

Maestra Normal Naconal, Profesora de Nivel Inicial. Jubilada como Supervisora de Nivel Inicial.
Sus títulos mas importantes: Madre y Abuela.Dos hijos y tres nietos.
Vive en la  ciudad de Córdoba, Argentina.
Ganadora del premio Maestra Ejemplar en 1994.
Ganadora  del concurso Municipalidad Córdoba en Poesía y en relato breve en el año 2003.
Publicó los libros Café para dos de poesía y Pequeñas historias de microrrelatos.
Miembro del taller literario de la Fundación Pro Arte con quien  publicó 20 antologías.
Participa en antologías y revistas culturales en Argentina,Chile, Perú, España.
Editora de Córdoba breve.
Autora de la página Cultura Ana María Caillet Bois.
Autora del blog Cuentos para entretenerse.



Pasiones


 
David Hockney

Por Mariángeles Abelli Bonardi

Pasiones I

Las eras geológicas, los estratos, las fallas. Los dólmenes y menhires. Petrificarse, despeñarse, ser arrojada. El eco de la gruta, la tersura del musgo. La insistencia de la gota hasta ser estalactita. El arte rupestre. Las pircas. Los jeroglíficos. Un nombre y el otro en el centro de un corazón tallado. Ser preciosa, movediza, angular, de toque. Ser plana, aerodinámica. Los círculos concéntricos expandiéndose en la superficie.
El roce de la correntada. Bordear el camino, el jardín, la plaza. El cielo de la rayuela, la payana. El impulso de la honda. El golpe del cincel. Ser lo que se adivina en el bloque, y más. Cambiar permaneciendo y permanecer cambiando. Empeñarse, seguir siendo piedra.


Harén
A Mario Benedetti

Afuera el alba, los pájaros, una hilera de camellos.
Adentro, ella y sus deseos, pájaros propios que han sido enjaulados. Vacía de mundo, su mirada es un cofre abierto que intenta llenarse de paisaje. Velos, doseles, rejas: celosías para mirar, para no ser mirada.


¿Ahorrás o derrochás?

Con el pan duro que el cocinero tiró, el pájaro alimenta a su polluelo. Con las migas que el polluelo despreció, la colonia de hormigas llena su despensa y, por primera vez en la historia, se toma el día libre.
Al descanso de la colonia lo aprovecha el oso hormiguero, que se llena la panza antes de adentrarse en la selva. La cautela que el oso pierde es reaprovechada por el tigre, y ese día los colmillos de su prole dejan de ser de leche. Los cachorros se prodigan en saltos; derrochan parábolas que agudizan su destreza. Las parábolas sobrantes se las lleva el viento en su camino a la ciudad; con ellas desperdiga los papeles que ensucian la calle. Un papel da de lleno en el rostro de un hombre, que antes de plegar el avioncito, escribe la pregunta que estás leyendo.

Buscada

Inspiración, alias Musa, alias Epifanía. Señas particulares: andar subrepticio, dedos entintados, voz cadenciosa y susurrante. Se la busca, viva o viva, por haberse dado a la fuga con la friolera de quince palabras y una flamante idea. Quien aporte datos fehacientes sobre su paradero será tratado en calidad de personaje y tendrá un lugar en futuras minificciones.

Espera

A sus espaldas, el piano que dice no saber tocar. En la televisión, una selva abigarrada, igual que el pensamiento. Sus manos acarician el libro, del que ya no recuerda una letra. Oye pasos. Cerca, cada vez más cerca. Lejos, cada vez más lejos. Mueren la esperanza y su breve aleteo. No. Hoy tampoco vienen a leerle.


***

Mariángeles Abelli Bonardi (Neuquén, Argentina, 1974). Participó de las antologías Escritura furtiva (2005), Cielo de relámpagos (2008); ¡Basta! 100 mujeres contra la violencia de género (2013); ¿Vacaciones? Si yo te contara… (2013), Plumas al viento (2013), Un tiempo breve (2017) y Escritos entre mate y mate (2017). Publicó Ecos del decir (2010), Armadura de valor (2016), Rutas culturales (2016) y La breve reverencia (2017). Algunos de sus cuentos han sido incluidos en Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso (México). También se la puede leer en el blog Una fina cuerda de incertidumbre (www.mariangelesabelli.blogspot.com.ar).

Microficciones de Ricardo Bugarín

 
Paul Gauguin


PRÁCTICAS PRIVADAS

Usted se detiene en sí mismo. Se libera por unos instantes y comienza un trayecto que va desde el cerebro reptil a los extremos subcutáneos de sus pies (no digamos hasta la punta de sus uñas porque eso está muy trillado y esto es otra cosa). Va encontrando sorpresas. Algunas le agradan, otras no. Hay momentos adiposos y otros laxos. Algunos hallazgos emocionan por su estado de conservación. Otros acongojan pero, son disimulables. Después de un tiempo prudencial de recorrido, junta todo y vuelve a colocarlo en el envoltorio original. Limpia los enseres del desayuno y, como buen hombre que es, se marcha a su trabajo.

GUÍA

Siguiendo los pasos de Gauguin, nos internamos en la intrincada naturaleza. Tonalidades lujuriosas asaltaron nuestra mirada. Un aroma desconocido y paradisíaco nos envolvió en segundos. El sonido, virgen de todo acontecer humano, nos caló en lo más profundo. No lográbamos salir del asombro hasta que nos percatamos que Gauguin ya no estaba a nuestro lado. Y aquí estamos, en esta isla solitaria, prisioneros de los desvaríos de una mascota casquivana.

SECRETOS DEL OFICIO

Para ser novelista hay que ser verosímil. La gente cuando descubre que todo puede ser puro invento, deja la lectura de lado. Por eso es bueno tener a mano una buena dosis de intriga, sangre, violación y habilidad para negociar un rescate. De lo contrario, dedíquese a escribir libros de cocina, allí la gente no anda con mayores miramientos y no pone en duda si el hecho de comer puede ser, todavía, un hábito diario de la especie humana.

HERIDAS DE AMOR
Un ardor salió desde la esponja, con tanta vehemencia que hasta el apósito quedó sorprendido. El resto nos miramos asustados y, de hito en hito, acallamos la intensidad de nuestras sospechas. Si esto es el amor, no querríamos experimentar lo que traería aparejado el odio, musitó el músculo. El tendón, por su parte, horrorizado quiso huir pero, lo retuvimos a tiempo.

SUEÑOS

Tengo sueños capilares. A veces son subacuáticos pero, generalmente, son rizomas texturados ascendentes que se enredan en tu garganta. No te lo comento pues temo que te asustes y decidas abandonar el aljibe. ¿Cómo contarte que a veces sueño con un transatlántico?, ¿cómo confesarte que un buque fantasma anda orillando nuestras costas?, ¿cómo decirte que he visto a un náufrago del otro lado del brocal que nos circunda?. Te parecerá que alucino, que tal vez comida en descomposición ha producido mi febril estado o que una pesadilla de infancia está golpeando mi presente. De todos modos estos sueños ya no me desvelan, no me atemorizan, se destiñen con el cloro y he descubierto,  finalmente, que se vuelven inofensivos.

ACORRALADOS

Nada más escalofriante que una noche de gatos en celo transformados en aullido. Cierro ventanas, atascos puertas, apago luces y coloco un disco de Rimski-Kórsakov, para ahuyentar sonidos. Mis ojos se enfrentar al destello de los ojos de mi alfombra de oso y los dos entramos en sospecha, en un intrincado recelo, temiendo que un contagio externo, en acto de exhumación, reavive instintos añejos, sepultos, desaparecidos.

EL PASEADOR

Andaba todo el tiempo con los libros bajo el brazo. Tanto los llevó y los trajo, tanto los paseó toda la vida que, finalmente, lo único que logró fue que le nacieran palabras en las axilas.

EL MUERTITO

El niño del retrato no soy yo pero, todos le encuentran un parecido. El ojo izquierdo desorbitado, el mechón renegrido caído sobre un costado, la nariz acusadora y una boca que, más que boca, es una insinuación al recitado. Nada que ver. Yo no soy eso que cuelga en la sala. Eso debe ser algún muerto que pintó un español y se lo trajeron del otro lado del océano. Por eso yo le llamo el muertito pero, no me hacen caso. Tienen oídos sordos ante mi protesta. Les grito mi nombre, los acribillo con mi apellido. Ellos insisten con el parecido. Y ese clavelillo en la solapa, lo aborrezco. Les grito que me miren, que aprecien la diferencia, que se convenzan del error pero, nada. Me atraviesan de lado a lado y no me ven.

 ***

RICARDO ALBERTO BUGARÍN

(General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962)
Escritor, investigador, promotor cultural.
Publicó “Bagaje” (poesía, 1981). En microficciones ha publicado:“Bonsai en compota”(Macedonia, Buenos Aires, 2014), “Inés se turba sola”, (Macedonia, Buenos Aires, 2015), “Benignas insanias” (Sherezade, Santiago de Chile, 2016) y “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017).
Diversas publicaciones periódicas y revistas especializadas han publicado trabajos suyos tanto en Argentina como en Ecuador, España, Italia, USA, Venezuela, Chile, México, Perú, Colombia, Bolivia y Uruguay.
Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).
Integra las ediciones  “Borrando Fronteras-Antología Trinacional de Microficción Argentina, Chile y Perú”; “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” (edición argentina); “Antología Iberoamericana de Microcuento” (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia); “Vamos al circo. Minificción Hispanoamericana” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, México) y “Cortocircuito. Fusiones en la Minificción” (BUAP, México).


Microrrelatos de Ana Navarro- Navanna

Gerhard Richter

El santoral

Decidí que nada más empezara el año nuevo iría al gimnasio. Era 15 de diciembre. San Cándido.
Fui a mi primera clase dándolo todo el 8 de enero. San Máximo.
Había ido en seis ocasiones desde que me apuntara y ya estábamos a 24 de febrero. San Modesto.
Pedí que me dieran de baja el 18 de abril. San Perfecto. Porque en el fondo, lo importante es quererse.

Lo confieso

Estoy enamorado de un relato. De su cuerpo, la profundidad de sus ideas y la frescura con que se expresan. Es cierto. Hay en mí cierta conducta obsesiva. Por más que intente distraerme con otros, siempre vuelvo a él. Llevo su foto en el móvil. Hasta hoy me había sentido correspondido. Pero esta mañana al abrir el archivo de Word he encontrado una nota.
Me ha dejado. Dice estar harto de que lo corrija. Me acusa de acabar siempre sus frases. De obligarlo a utilizar adjetivos grandilocuentes que sólo le gustan a los escritores fachas. Nada de eso es verdad. Aunque tengo la certeza de que si yo hubiera escrito una despedida, sería más original e inteligente.

Realidad

Salí el día de la boda. La seguí durante su luna de miel. Empire State, Estatua de la Libertad, Times Square y Central Park. Al final pude encontrarla en el MoMA. Recostada en el sofá, desnuda y rodeada de la exuberancia selvática que yo había dejado una semana antes para buscarla. Quería reprocharle que me abandonara, pero con la mano izquierda volvió a señalar los peligros que siempre nos habían acechado. Supe que si estaba de nuevo en El Sueño, era más feliz aquí. 

Se busca dentista

Alguien que empaste los agujeros que dejaron sus dulces besos en mi alma.
Tengo miedo a perderla y terminar comprando una que cada noche deje en un vaso de agua mientras duermo sin volver a soñar.

Aniversario

Oigo el sigilo de sus piececitos por el pasillo y la respiración contenida. De repente entra en mi habitación corriendo y gritando : ¡feliz cumpleaños, mamá! Acaricio su mejilla suave asomando por encima de la línea del colchón mientras me entrega una sonrisa.
«Está igual que hace tres años», pienso mientras se me escapa una lágrima y abro los ojos. Entonces desaparece hasta el próximo cinco de noviembre.

Profesionalidad

Pensaba que resolvía el caso a base de confiar en mi instinto y experiencia. Recopilaba conclusiones en un minucioso informe. Observaba con detalle y analizaba cada pista sin saber que me llevaban a mi propio garaje, al congelador que había comprado meses antes y a mis huellas ensangrentadas entre las bolsas de hielo y el cuerpo de mi vecino.

El abrazo

Disculpe que invada su espacio personal con tanto ímpetu. Perdone que le tome la manga del abrigo y deje resbalar mi mano hasta coger la suya con fuerza para llevarla a mi espalda. A usted que le asombra semejante descaro y me rehúye. Pero se trata de ayudarle. Entienda que cada día que habitamos esta parada de metro, usted es el único con aspecto de haber descansado. Ha sido por su bien. Ahora tiene una preocupación que elucubrar durante la noche. Preguntándose si mañana estaré aquí y porqué el resto me aplaudió. Piense que en última instancia todo hubiera sido peor si no me adelanto al hombretón con ansias de pelea que suele colocarse a su derecha.

***

Navanna (Ana Navarro 1975, Islas Canarias) comenzó a escribir antes de aprender a leer aunque dejó apartada su prometedora carrera como autora de teatro escolar para continuar sus estudios y licenciarse en psicología especializándose en la gestión de recursos humanos. Combinando su carrera profesional con la inquietud por la escritura, ha participado en diversos talleres y cursos. A partir de 2016 publica a través de su propio espacio web algunos de sus relatos cortos, es finalista del V Certamen de Microrrelatos Fantásticos y de Terror del Centro Cívico Projecte Cotxeres-Casinet (Ayto. Barcelona) y participa en el libro de microrrelatos Perdone que no me calle. Pueden leerse algunos de sus microrrelatos en Inspiraciones Nocturnas V (Diversidad Literaria) y La Sirena Varada 5 ed.

Algunos cuentos de papel






Por Saturnino Rodríguez Riverón


Leitmotiv

El poeta esperó con paciencia las cuatro horas de su esperanza.
Ella no llegó ni en esas cuatro horas ni en las cuatro siguientes. Ni aún en los meses y años que sucedieron.
El poeta fue al cuarto donde vivía y garabateó un poco sus papeles. La escritura lo calmaba, evidentemente.
Ella, también en su cuarto, retocaba su belleza para, a última hora, no asistir a seis citas más concertadas simultáneamente con otros tantos poetas.
En estos momentos deben estar escribiendo poemas acerca de la desesperanza, la inconstancia, el desamor, pensó, sonriendo ante el espejo.
Sólo hay que esperar unas semanas, tal vez alguno lleve hasta mi nombre.
A estos muchachos hay que darles, de cuando en cuando, ciertos motivos contundentes, de lo contrario se acomodan y no escriben nunca acerca de una.


El desconocido

-¿Y tú quién eres?- preguntó ingenuamente el cervatillo al extraño animal que tan sigilosamente se le ha encimado.

- Yo soy el León.

-¿Un león sin corona? ¿Tú no eres el rey de la selva?

- La dejé en casa. Detesto las responsabilidades del cargo...

-¡Ah, no, no, no. No te creo. ¿Y tu melena? No me vayas a decir que también la dejaste en casa.

- Hace poco fui al barbero. EL calor y la moda me impulsaron a recortarla.

- Pero eso es inadmisible. Seguramente me engañas. A ver, ¿y las garras? Todo buen león que se respete tiene las suyas. En cambio tú...

- El quiropedista me las extrajo. Dijo que por la seguridad pública.
- Pamplinas; no puedo darte crédito. Muéstrame los dientes, ruge aunque sea.

- Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrr- mostró los dientes el León, y se lo comió, porque el dentista no le había recomendado nada todavía.

Demócratas

-Yo soy el León y debes respetarme. Desde los tiempos antiguossiempre me han respetado porque soy el rey.

-Pero esto es una democracia —dijo la Zorra.

-Democracia o como la llamen, debes dirigirte a mí con respeto y humildad. Guardar las distancias, eso es.

-Esos tiempos pasaron, León. Ahora es distinto. Tú, yo, aquel, el de más allá, todos somos iguales, con los mismos derechos y deberes.

-Ah, pues entonces no quiero estar más en este cuento. Se acabó.
--No va a ser tan fácil. No soy yo quien puede sacarte de la fábula.
Tendrás que hablar con el Autor.

-¿Y dónde está ese Autor? Jamás oí mencionar semejante animal dentro de la selva. Hablaré con él inmediatamente.

-Mira hacia arriba. Es él quien está escribiéndonos.
La Zorra señaló con la pata hacia  donde escribía el Autor y dijo:
-Allí está, de lo más divertido sacándole punta al lápiz para comenzar  otra vez con lo mismo.

-Bueno, Autor, o como te llamen, sácame de esta fábula. A mí siempre me rindieron pleitesía todos los animales, pero he aquí que viene la Zorra y me trata con el mayor descaro. Habráse visto tal desparpajo.

-No puedo, León —dice el escritor. Discúlpame. Yo también estoy siendo escrito. Todo el mundo exige respeto y lo tendrá, hasta yo. Lo siento mucho, este no es el cuento del León, ni siquiera el mío. Este es el cuento de la Democracia.

Buenas  intenciones

El optimista dijo: -Llegaremos. Ya se ven las primeras luces. Aprieta el paso.

El pesimista replicó: -No llegaré. Tengo los pies llagados, me duelen todos los huesos y cada articulación. Estoy desfallecido. Jamás llegaremos, es imposible.

El optimista repitió su exhortación para alcanzar la meta, un último esfuerzo.

El pesimista se tiró al suelo. Ya no tenía ánimos para continuar.
El optimista alcanzó las primeras casas del infierno a la mañana siguiente y no había perdido la sonrisa del triunfo cuando lo destinaron a las calderas más  cercanas.
El pesimista despertó ese día con el cuerpo triturado, y dando un vistazo a su alrededor se percató del paisaje apacible que dominaba desde allí, nubes bajas bien algodonadas, cómodas a la vista y al tacto.

Comprendió que había llegado al paraíso cuando dos seres alados lo tomaron de la mano tiernamente y lo depositaron con suavidad en sus aposentos afelpados.

Destino

Llegó corriendo atropelladamente, con temor a perder el barco, que efectivamente, acababa de zarpar. Impulsado por la carrera, tropezó con un bloque de hielo que los cargadores habían dejado indolentemente sobre el muelle y cayó al mar, todavía sosteniendo el equipaje.

Como no sabía nadar y nadie lo auxilió, el hombre murió ahogado.
Cuando lo izaron, las ropas chorreando agua, encontraron en el bolsillo de la chaqueta, un pasaje en primera clase para el Titanic, el mismo barco que se alejaba de la costa a todo vapor.


Investigación

El detective interroga al presunto asaltante.
-No; yo en ningún momento le exigí que se quitara la ropa. Sólo le reclamé toda la verdad. La verdad desnuda.

***

Saturnino Rodríguez Riverón. ( Placetas, Cuba, 1958).

Narrador y poeta. Ha obtenido premios y menciones en diversos concursos nacionales e internacionales. En 1999 obtiene el Premio Calendario Narrativa con el cuaderno Manuscritos en papel de cigarro ( Ed. Abril, 2001): Ha publicado además Cuentos de papel ( Letras Cubanas, 2007); Muchas veces mucho (Letras Cubanas, 2013 y Tres toques mágicos. Antología de la minificción cubana, Editorial Letras Cubanas, 2017.
Trabaja como periodista en la emisora Radio Reloj, de La Habana.





Microtextos de Luis I. Muñoz

Yayoi Kusama

CERTIDUMBRE
Por fin lo podía ver todo claro en medio de aquella sala. Me veía rodeado de gente de pie, en silencio. Nadie se miraba entre sí. Tampoco yo lograba reconocerlos. Solo me reconocía estirado en el extraño mesón. Cada vez lo veía más claro: estaba muerto y esto no me lo sabía responder a mí mismo.

A LA HORA DE SALIDA
Cada vez que volvía a respirar el aire fresco de la calle mientras miraba moverse de nuevo el mundo, sentía una invasión de libertad capaz de hacerlo creerse superior al resto. Era salir del infierno, se decía cada tarde. Libre del infierno aquel. No le importaba saber en ese momento cuantas horas le restaban para volver a él.

ESPERA EN EL CAFÉ
He venido a esperarla en el rincón de este café. No sólo esta tarde. Ya son tantas, como para perder la cuenta y desesperar de incertidumbre. Pero he venido a esperarla puntual, como de costumbre. Y aún no llega. No ha venido en tantos días de espera. Las tardes de asfalto mojado me revelan una certidumbre. Va a venir. Llegará antes de levantarme de esta mesa, como creí el primer día, estará en la entrada de este café mirando hacia donde me encuentro mientras se percata que el tiempo ya ha hecho sus estragos.

VENDEDOR DE ESPEJISMOS
Compré la lámpara convencido por la palabrería del comerciante de antigüedades cuya apariencia me alcanzó a hacer pensar que lo habían sacado de la lámpara antes de ser su vendedor. Y era cierto. Apenas la pagué se desvaneció frente a mí. La lámpara también parecía real.

MÍMESIS
Estábamos en pleno baile de máscaras cuando ella y yo, por pleno acuerdo decidimos intercambiar nuestros rostros reales.

UNA DEMOCRACIA
La demora fue bajar del bus para reordenar sus pensamientos y sus huesos que creía desvertebrados. Sentía que le faltaban fuerzas para gritar algún insulto o dar un portazo. Estaba magullado, deprimido. Desde ese momento pensó en la democracia. Y algo repentino y revelador se le cruzó por la mente. Podría existir democracia y cumplirse con toda perfección en los autobuses: pagaban lo mismo los que iban sentados y los que iban de pie.
***
Luis Ignacio Muñoz (Nemocón, Colombia)
Escritor de cuento y minificción y algunos intentos en la poesía. Textos publicados en revistas y antologías de narrativa breve. Autor de tres libros publicados. También se ha desempeñado en la docencia como tallerista en el campo de la literatura infantil y escrituras creativas.

Alejandro Bentivoglio

Leonora Carrignton




Alejandro Bentivoglio




EL MONSTRUO


No lo nombren, no lo digan, no le den forma. Que no exista, que no pueda abrir la puerta, que no sepa dónde está ese lugar que llamamos casa. Que no sepa nuestros nombres, que no arrastre el horror tras de sí. Que no tenga nuestra cara, nuestro cuerpo, nuestra carcajada malvada.


LOS AUSENTES


Se pasa lista de los ausentes. Ebrios de amor que recorren la cubierta de este bote que hace agua en su corazón. Todavía nadie dice presente, es que están tomándose el naufragio con calma. Apenas tristeza de ser otro nombre anónimo, alma en pena bajo un sol que sigue saliendo.



ME ESCRIBO


Ahí me empiezan las ramas del árbol que me florece página toda escrita. ¿Quién me lee los frutos hurtados a la noche? Raíces que se borran cuando alguien las toca. No hay hojas más nerviosas, de mano alzada que estas que estiro en metáforas de riego bonsai.



VIDA MAGAZINE


La manera perfecta de estar. Las piernas cruzadas. La mirada fija. El cuarto correcto. Todo es como debe ser. No hay nada fuera de lugar. Pero no falta ahí el que da vuelta la página y todo parece movido, algo que nada que ver con nosotros, un despropósito que no cierra.



ACOPLE


Me acoplo en un océano infinito. Soy pez, soy el agua. Quiero saber qué es esto de respirar. La cura o la inmersión. Despierto en la cama húmeda de sol, anzuelo en boca.



RAINMAKER


Sueño con la lluvia. Abro los ojos a la tormenta. Mi casa flota ahora en el océano que se precipita hacia dragones tan improbables como dormir o despertar.



LINEA


Aun recuerdo el perturbador sonido del teléfono, su desmesurada estridencia. Fueron muchos los que me sugirieron arrancar la línea y, aunque lo había tomado en cuenta, me parecía imposible acercarme a ese largo cable que como una cola coronaba al ruidoso animal y que, cuando yo iba y atendía, se movía de un lado al otro, feliz por mis tiernas caricias y por la atención que podía brindarle.
No, yo no hubiese sido capaz.




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Alejandro Bentivoglio 

(Avellaneda, 1979), es autor de trece libros de microficción, incluyendo la antología personal "Transego", que recoge lo mejor de sus primeros 10 libros y "La Parca", escrito en colaboración con el escritor y músico Daniel Juárez Dion. Ha sido incluido en antologías y revistas físicas y virtuales de América y Europa y traducido al inglés, italiano y griego. También ha escrito crítica de cine, música y literatura y algunas novelas aún inéditas"